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La 31 edición del festival Castell de Peralada alza el telón en una hermosa velada de verano con el Béjart Ballet de Lausanne.

Copa, cigüeñas y danza

La cigüeña en lo alto del cedro se recortaba contra el cielo coronada por la luna casi llena. Era una imagen tan hermosa que parecía de mentira. Todo en los jardines del Castell de Peralada, en el cóctel de inauguración de su 31º festival (hasta el 17 de agosto), se teñía de ese aura de irrealidad mientras la luz descendía suavemente hasta adquirir un tono ambarino y comenzaba a soplar una brisa tenue que aliviaba el bochorno de la tarde. Lo que no menguaba era la cola en la mesa de vinos, en la que el somelier comentaba cada copa que servía con encomiable entusiasmo pero dilatando en exceso el asunto. También había cola donde cortaban jamón, afortunadamente amenizada por la siempre entretenida charla de Joan Francesc Marco.

Los jardines bullían de vida social, pespunteada en algún caso de postureo. Corrillos. Quien más quien menos se dejaba ver, socializaba, sentía el verano trajinando entre la ropa como un cosquilleo alegre, evanescente al igual que las burbujas del cava, que corría generosamente como un arroyo dorado. Eran generales el chispear de las miradas, la ondulación de las cabezas, las risas, el aletear de americanas y vestidos. Encuentros inesperados, reencuentros, abrazos, besos y conversaciones entremezcladas proliferaban bajo los muros del castillo, decorados con grandes mariposas. Pasó sobre nosotros una abubilla revoloteando como un manojo de confeti. Inka Martí fotografiaba la cigüeña y la luna que parecían sacadas de alguna fábula y Jacobo hablaba de jardines, de Jung y de buitres y deploraba la extinción del taoísmo masticando una trufa de chocolate. Paco Llonch apareció heroicamente con dos copas de tinto en las manos. Había en el aire una nostalgia casi sólida de otros veranos y todos empezábamos a adquirir la calidad etérea de los personajes de Lawrence Durrell, como si estuviéramos en el oasis de Macabru o en el castillo de Verfeuille y nuestras vidas fueran parte de novelas, como probablemente lo son. Entonces sonó una música estridente por megafonía avisando que empezaba el espectáculo, y las cigüeñas alarmadas alzaron el vuelo crotorando con estrépito: un clásico.

Marchamos hacia el auditorio, centenares de tacones ellas sobre el césped artificial mientras los caballeros caminábamos al lado sobre los pequeños guijarros produciendo un sonido como de olas sobre una playa de la Costa Brava.

Y entonces la danza. Cuando la luz agonizaba aparecieron los bailarines del Béjart Ballet Lausanne. Cuerpos esculturales. Una mujer madura a mi lado le echó una ojeada rápida a su pareja, comparando, y chasqueó la lengua: ya no dejó de mirar un momento al escenario. Más allá un espectador tragó visiblemente saliva en un momento intenso de una coreografía en la que la bailarina colocaba la cabeza entre las piernas de su compañero. Ya el sudor cubría como una pátina la piel de los danzarines cuando un murciélago se puso a aletear entre los focos persiguiendo polillas y efímeras, esas delicadas criaturas que viven poco pero entregadas al sexo.

La conjunción de la noche entre los árboles y bajo el cielo, la multitud festiva y expectante, los danzarines bellos y tumultuosos propiciaba una atmósfera en la que no hubieran desentonado Titania y sus hadas. Para algunos espectadores más conservadores, la avalancha de danza del Ballet Béjart fue demasiado. Cuando el elenco femenino apareció en escena portando todas una zapatilla de ballet en la cara, un caballero habitual del Ecuestre clavó en su mujer una mirada en la que se leía: “Pero adónde me has traído, Pili”. El intermedio llenó el aire de comentarios. Xavier Trias se manifestaba entusiasmado con la música, que otros encontramos áspera. Se formaron de nuevo colas, esta vez en los provisionales lavabos de señoras y en los mostradores para obtener los tickets de bebidas. A destacar que pocas veces se estará entre una multitud tan grande sin que nadie esté fumándose un porro. Eso sí: grandes encontronazos de perfumes.

Se produjeron deserciones: los que se fueron se quedaron sin ver una segunda parte más amable y gratificante que la primera, y a la Bhakti que compuso Kateryna Shalkina, digna, con esas mallas, de los relieves de Kurajao. El final con un fragmento de la coreografía de Béjart de la 1ª Sinfonía de Beethoven, nos envió a todos a casa con las retinas y los oídos satisfechos. Marchamos en alegre y abigarrada confusión y medio a oscuras bajo los magnolios (casi agarro del brazo al expresident Mas) y salimos a la noche ancha del Empordá felices como niños bajo las estrellas.